Por algo dicen que los genios son atormentados, ¿o es que acaso alguien conoce un Beethoven alegre o un Einstein risueño? Más bien uno siempre ve al más imbécil del colegio, de la universidad o de la oficina cagado de la risa porque tiene cincuenta mil planes que hacer con miles de nenas o a la vieja más bruta a la que todo le parece cool y nunca sufre de depresiones existenciales simplemente porque a ella la vida le sonríe.

Es que los brutos no sufren porque no piensan, no se debaten entre sus seudofilosofías preferidas, ni cuestionan el devenir de sus actos; ellos sólo se limitan a respirar, a sentir y a gozar lo sencillo que está en lo cotidiano.

Por eso ahora trato cada día de ser más bruta, más vanal y si eso me hace feliz pues me ofrezco a ser una bestia de lo más arcaico para lograrlo. Definitivamente la gran lección es que no hay que pensar tanto (difícil en mi caso), que es mejor que cuando las cosas pasen, dejarlas ser, existir y tratar de no preocuparse por los giros y las implicaciones que van a tener en nuestra vida; como dijo un sabio amigo mio, cuando uno esté “echándole cacumen” a un asunto, lo único que debe hacer es: “Pensar en lentejas”.